viernes, 25 de julio de 2014

ENRIQUE MOLINA. de LOS ÚLTIMOS SOLES (1980)


      TALES EQUÍVOCOS
      DESPUÉS DEL CIELO
      ZONA VEDADA
      LA CACERÍA

II. EL HECHO  DE VIVIR
      COMO DEBE SER
      UNA EXPERIENCIA
      SITUACIÓN FLUIDA
      CORRESPONDENCIAS

III. LA REFRACCIÓN DE LA LUZ
       PAISAJE HABITUAL
       VASOS COMUNICANTES
       LOS BUENOS CONSEJOS
       VARIACIONES
       EN TRÁNSITO
       JUEGO DE ESPEJOS

IV. SÚCUBAS
      SÚCUBA III
     
         
 -ÍNDICE DEL BLOG-

ENRIQUE MOLINA. TALES EQUÍVOCOS

TALES EQUÍVOCOS

Tantos pasos hacia veranos,
tantos lugares hacia mis pasos,
tantas viandas hasta qué hambres,
tantos crujivacilantes pasos hacia besos,
tantos erróneos pájaros desorientados guiando mis pasos,
en marcha hacia la reina arrojada del Edén con su joroba escarlata
–la reina de la frustración y el éxtasis–
la que flota en la corriente de sus blasfemias, la que canta sobre la piedra de la tumba,
cubierta de mordeduras,
con el honor de su desgracia.

Tantos pasos hacia cálidas sombras
donde alguien respira,
ondulante y ansioso cuerpo hundido en su fragancia
y su ardiente promesa de ser siempre la playa que nunca volvería a ver.
Tantos pasos hacia el sol y sus amigos:
árboles, flores, cabelleras,
tantos pasos de lápida, o de ir hacia cosas suculentas,
o a tristes disputas, enfermedades,
y nunca
el paso necesario
–el único paso que no diste –,
y te hubiera revelado tu enigma, te hubiera entregado sin tasa
la secreta belleza
oculta tras sus pasos.




ENRIQUE MOLINA. LATITUDES POÉTICAS

LATITUDES POÉTICAS

Hay magias de la palabra que respiran el aire
de los campos. La palabra manzana
tiene en ellas un lugar prominente.

Otras son proposiciones para el intelecto,
de filo tan agudo que cortan la sangre
como una leche agria.

Otras tienen poder sobre los viejos días
y escenas de ternura que el tiempo torna crueles,
parejas que se arrullan mientras se devoran.

En otras, gentes extrañas, con mudos reproches,
después de compartir el amor y el desorden,
penden en la oscuridad colgadas del cielo.

(He ahí el rostro que tanto quisiste, labios besadores,
el cuerpo moreno, los brazos tendidos:
es un triste milagro en este encuentro con nadie.)

Otras abren el infierno de la pasión,
mujeres que esparcen un resplandor rojizo
en un desierto caliente por el que flota una iguana.

Un agrio chillido se oye en otras,
las cosas fugan en todas direcciones,
la carne es teatral, sin esperanza.

Todas estas magias devoran fuego,
roen los huesos del que las invoca,
te expulsan de su corazón, lo desamparan.

Magias venenosas, cargadas de decisiones
insólitas, de vidas frustradas:
testimonio de una depredación.


ENRIQUE MOLINA. DAMA GÓTICA DECADENTE


DAMA GÓTICA DECADENTE

No importa la ruina, injurias
en la verdosa luz del bar. La vieja dama
acaba siempre de nacer y se aferra a la vida,
                                              y tiene que haber un antro aún
donde abrir su corpiño con roídas castañas de Navidad.
Ignora que una mano invisible la estrangula
junto al mostrador. Y sólo hay allí
un whisky pedregoso y sin alma que el barman
sirve con labios secos y una cuerda al cuello.

La macilenta dama de ojos de lagarta jamás comprenderá
que está llena de espectros desesperados, su historia
ha sido muy larga y muy loca, y ahora se instala
blanca y majestuosa en su trono, y una hilera
de pájaros calvos pasa volando sobre su cabeza,
de modo que se siente inclinada a cantar,
poniendo los ojos en blanco, una partitura de burdel.

Exaltada por glorias difuntas, caballeros que invoca,
viciosos perritos con nombre de bombón,
en el museo de cera, entre las pelucas
el amor la flagela con ortigas.

Vampira de labios de nata, ávida como una semilla,
en pos de una gota de sangre que reviva su corazón,
así, grandiosa con su rojo baby-doll,
lanza su súplica, un trago más hasta el Apocalipsis,
la última brizna de estar viva.

Que semejante señora se retuerza en su sueño,
en el desierto vals de los murciélagos
con el aullido del drama pasional.
Y extrae deformes cartas de amor, reliquias,
fotografías de la juventud, con la serpiente en el Jardín,
con tanta compasión por sus muslos que crujen
                                               ¡Dios mío!
nunca demasiado tarde contra la negra promesa
de la muerte.


ENRIQUE MOLINA. SE CUMPLE LA SENTENCIA


SE CUMPLE LA SENTENCIA

De aquel cuya tentación perdura siempre,
del ángel del asombro en un desnudo mundo cómplice
                            –pero demasiados años después–
rescato el camarote contrahecho,
en Rotterdam, El Callao, Fort-de-France, Vigo.
Y aquella que proclamó el vino y la violación sobre el césped nocturno
con gente inusitada, reaparece
abandonada por el diluvio ante la mesa de un bar.
Es imposible que conozca secretos,
la reversión del tiempo, el fuego de lo móvil
que pasa de cuerpo en cuerpo, sin esperanza.
Pero la brea va a cubrirla.

Fluye espesa sobre su rostro,
forma con sus cabellos una masa sombría
como los de una mujer extraída de un volcán,
                                          invade sus pechos,
el cuerpo eclipsado por esa substancia cruel,
con inconclusos sueños, con balbuceos que no dijeron nada.
Ahora la cubrirán de plumas de acuerdo con la costumbre.
Antigua costumbre de buscadores de oro,
pero su boca aún sonríe,
sus besos alzan en la noche una pirámide de brasas,
dinastías de amores en la pocilga, insólitos,
y las palomas de barlovento mugen cada amanecer en mi ventana,
en memoria de la Gran Pájara de las olas.
¿Y quién descifra lo que poseyó y perdió
y regresa con un brillo consumado, con memorias ajadas,
en una región que las palomas de barlovento,
puercas como reinas de la basura,
cubren de inmundicias...?

ENRIQUE MOLINA. DESPUÉS DEL CIELO

DESPUÉS DEL CIELO

Ese sol que ella rige es el pan y la sopa,
con esmaltadas unas rojas maneja el fuego de los condimentos, deleites
de fatigados comensales al son de la tribu,
substancias nutritivas que huelen y humean.
                                                       Día a día
es fiel a su evangelio de moscas, a sus mandamientos
de carne asada, pescado frito, papas hervidas, vinos.
El sexo abisal del agua y praderas doradas.
O quizás muda y solitaria yace bajo las fuentes,
                                                      con una dolorosa sonrisa,

cuando el oscuro viento del sueño sopla en su hornalla
al compás de la radio, premios del Concurso de Belleza,
estúpidas conversaciones de comadres entre cajones de huevos.
Se oyen pasos y voces en la casa, se acercan y se pierden
en el fondo de un cielo recubierto de cáscaras.

Por la ventana, en la cocina, a veces,
con un anillo de oro, un señor blanco y obsceno
                                   –que no existe en el mundo–
le hace señas tan lejos y la invita a bailar bajo la lluvia.
Y la música fluye
entre los ajíes y el sordo furor de la mostaza,
porque la vida es famélica y ella ignora a qué muerte alimenta,
a qué insaciable hambre de payaso,
con su tortilla que se desvanece a la luz de un relámpago.

La obedecen también muebles, escobas, camisas;
las frustraciones cotidianas son polvo o caricias baldías;
su arte es suculento y fatal, arde en los huesos,
hace brillar el atún y los largos fideos
para el que ronca su súplica a lo largo de la noche,
porque ella es la reina del hogar, de empapada lengua.
                                 Es el orden
de la mujer, misterioso y monótono
desde el fondo de la dicha perdida.
    
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ENRIQUE MOLINA. LA CACERÍA / ZONA VEDADA


LA CACERÍA

Ciertas andanzas, en una u otra dirección, entonces, hacia las islas, regido por las moscas, lejos de los santos, hombre de oscuros vaticinios, con la lengua rajada y la vista perdida en un brillante,
hacia qué sensaciones, los huéspedes gimiendo al sol, abanicados por las palmeras, con las delicias de la pereza de labios entreabiertos,
hacia qué dársenas, desalojos, asilos de súbitas mutaciones, hacia qué ferias donde se trafica con risas, paisajes enviciados, cabelleras de olores violentos y sin consuelo, despojos de lluvias, en hoteles conmovedores, más pálidos que la sal, y mi sistema óptico pernicioso, captor de súcubos y esplendores entre las llamas de la médula.

Y ella cada vez más lejana, junto a mí, enardecida por la luz de la noche, en los comedores, ante un plato, una botella de vino a la deriva, y las gaviotas levantan vuelo del mantel hinchado por el viento, graznan con tanta tristeza, las pobres...
Y siempre entre ella y yo crece una jungla, monos, el océano, escenas de purgatorio jamás aceptadas.
Entre ella y cada abrazo, y cada desesperado don de esta vida, emergen montañas, familias con miembros enyesados e injurias, donde el tiempo
en el torbellino de mis venas
crepita cada vez más hambriento.

¡Oh, entonces medía con besos el terror de aquellas glorias oscuras!

ZONA VEDADA

Como quien dice con pálidos labios: “Estoy
cansado de la vida”
                                       se pierde de pronto
la gracia de ser hechizado por una mosca o una gota de lluvia,
intratable y sonría vuelve del río la luna de la infancia
y las bellas seducen por una gran tristeza.

                                     Se extingue mi vista.
Las magias del tactos, con lentos reverberos misteriosos,
desaparecen en la memoria, entre el día y los sueños,
es decir, se desgasta la vida, como si en este inagotable combate
–el aria de un alma con la infinita tentación de las cosas–
hubiera perdido la partida.
                                       Sin embargo
juro que nunca en este planeta indescifrable.
En este zoodíaco de infalibles mujeres con los relámpagos de la lujuria,
pájaros y países, injusticia y horror,
he dejado de amar un instante cada partícula y sol de estar vivo,
con mis humildes dioses de fruta o de huevo,
o ese otro de lengua tentadora, que pierde siempre la cosecha,
dioses de carencia o de súplica, de agua que fluye o ascuas que se dispersan.
                                     Pero nunca, en tal antro de sangre,
en tales galaxias de besos,
en este fascinante temporal de destrucciones
he renegado de mi oscuro latido o “Estoy cansado de la vida”.
                                   Nunca.